El jugo y la semilla  

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Mansamente, las ovejas entran en el redil. Las cuenta señalando una por una sus cabezas. Pasan entre sus piernas abiertas y cada vez que llega a diez, es el máximo que sabe contar, junta las piernas cerrando el paso y una pequeña esquirla de madera de las que sujeta en su mano derecha, pasa a su mano izquierda. Están todas. Cierra la puerta y dirige su mirada al cielo. Anochece y sabe que, en unas horas, lloverá. Hace frio y piensa que, el invierno está al caer. Acaricia su mentón y llega al convencimiento de que, mañana, no podrá sacar el ganado.

Entra en la casa y se desprende del abrigo raído y sucio por el paso del tiempo. Cuelga el zurrón y la bufanda en un clavo detrás de la puerta y conserva la gorra en su cabeza. Se acerca a las llamas de la chimenea y deposita a un lado el cayado. Se desprende de las botas militares que un día encontró loma abajo, cubriendo el esqueleto de los pies de un pobre desgraciado, y se sienta en su silla de cuerda trenzada por él mismo. Estira las piernas hasta que el calor de las llamas, a través de ellas, le reconforta; desde lo más hondo de su pecho  un sonido de satisfacción escapa por su garganta. Mueve los dedos de los pies para desentumecerlos del frio y el dedo gordo de su pie derecho escapa a través de un agujero del calcetín.

A sus espaldas, el sonido de unos platos y unos cubiertos sobre la mesa, le avisan de que la cena está a punto. Una oveja parió una cría el día antes prácticamente muerta y aprovecharán su carne. Todo lo susceptible de ser aprovechado debe comerse y, en esta ocasión, no lo pueden desperdiciar. Con su hija, que hoy cumple diez y seis años, cenaran plácidamente y abrirán una de las botellas de vino que el amo le regaló a finales del verano, cuando bajó a la finca para rendir cuentas sobre la situación del rebaño.

Se sientan en silencio y él, le sirve medio vaso de vino. Ella se sorprende ante la actitud de su padre. Con la mano, la conmina a que beba y esta sujeta con cautela el recipiente y lo acerca lentamente a los labios sin dejar de mirarle. Su sabor es áspero y una mueca de desagrado aparece en su semblante. Él sonríe al ver la cara de su hija.

La comida está sabrosa y mastican pausadamente deleitándose con su sabor: no siempre tienen la oportunidad de comer carne tan tierna.

Su padre bebe a intervalos cada vez más cercanos y ella se atreve con sorbos más abundantes del oscuro líquido: el calor que poco a poco inunda su cuerpo es gratificante. Una segunda botella y él aparta el plato hacia el centro con un sonoro eructo. A ella se le escapa una risa nerviosa y bebe hasta dejar vacío el vaso. Un ligero mareo la sorprende al bajar la cabeza y de nuevo se le escapa otra risa por tal hecho. Él la mira y sonríe ante su actitud; mientras, lía un cigarrillo que enciende con parsimonia. Una bocanada de humo y lo expele hacia arriba con satisfacción. Apura el contenido de la segunda botella entre su vaso y el de su hija, cargando un poco más el de ella, que lo apura de un trago sin pestañear. Esta vez el mareo es más evidente y se tambalea visiblemente. Se aferra a la mesa por mantener el equilibrio y recupera la posición erguida. La sensación es extraña y la habitación se mueve en todos los sentidos. Con un gran esfuerzo recoge los platos y al levantarse para retirarlos, cae estrepitosamente rompiendo uno de ellos. A su padre se le escapa una sonora carcajada mientras ella se arrastra buscando la silla. Se aferra a una de sus patas; pero el esfuerzo es insuficiente y queda cogida a ella sin poder moverse. Unos lamentos escapan de su boca y queda tendida en el suelo boca arriba riendo con sarcasmo mientras mueve piernas, brazos y cabeza, incapaz de ponerse en pie. Él la observa sin dejar de reír y finalmente, apaga el cigarrillo y se levanta. Un ligero mareo le obliga a descargar las manos sobre la mesa y agacha la cabeza cerrando los ojos: también él se encuentra ebrio. Se acerca con dificultad por  mantener el equilibrio y trata de levantarla del suelo. Ella emite sonidos lastimeros y, con los ojos cerrados, mueve la cabeza desesperadamente a la búsqueda de nada. No consigue levantarla; la coge de los brazos y la arrastra hasta la pequeña habitación donde ella duerme. Descarga el  tronco de ella con los brazos extendidos sobre la cama, y aprovecha para descansar un momento resollando por el esfuerzo. Un nuevo intento y consigue posarla boca arriba sobre la cama. Se sienta en su costado unos minutos; mientras, observa entre divertido y  confuso el cuerpo de su hija. Le quita las zapatillas y ve que las suelas de goma están a punto de desprenderse de la parte superior. Le quita cuidadosamente los gruesos calcetines y el jersey de  lana, y deposita su mano sin pensar sobre uno de  sus pechos. Le sorprende la turgencia y el tamaño del mismo y en ese momento, queda paralizado por la visión. Nunca se apercibió de que su hija crecía y  se había convertido en una mujer. Instintivamente, pasa con reverencia sus manos por pechos, vientre, caderas y pubis, hasta llegar al extremo de las piernas desprotegidas por la falda. Los vapores del vino actúan en consecuencia y conducen sus manos acariciando delicadamente la piel de sus piernas  y muslos: es suave y un anhelo inesperado por seguir acariciando le invade. Para de improviso, y abre desmesuradamente los ojos. La lascivia le invade. Un ligero mareo le sobreviene. Se levanta con premura de la cama y al mismo tiempo,  cubre el cuerpo de su hija con las mantas que, a diario, la protegen del frío. Descarga su cuerpo en el quicio de la puerta mientras resopla con desespero. A continuación, con un gran arrebato, se desplaza apresuradamente hasta su silla junto al fuego, quedando de lado sentado y con las piernas estiradas. Balancea su cuerpo arriba y abajo, mientras sus manos se desplazan con anhelo hasta sus muslos y quedan aprisionadas entre ellos tratando de esconder la vergüenza de la erección que esgrime.

En su cabeza bullen mil y una sensaciones placenteras que permanecieron aparcadas con el tiempo y le resulta imposible alejarlas de su mente. Un día, dos años atrás, su esposa cayó fulminada por un rayo cuando buscaba setas por el monte y desde entonces, no yació con una hembra. Rememora los momentos de placer vividos con ella y la urgencia se hace más evidente; mientras, acaricia su pene desde el exterior del pantalón y levanta la cabeza con evidentes muestras de placer. Un sonido gutural se escapa desde lo más hondo de su pecho y dirige su mirada hacia la habitación donde se encuentra su hija. Se levanta. Arrastrando los pies se dirige hasta allí y queda varado en la puerta. La lumbre ilumina con pequeños destellos la cama donde ella yace. Escucha el sonido de su respiración, agitada por momentos, calmada otros y, definitivamente, sobrepasa el umbral.

Día tras día la observa de reojo mientras cenan y el temor por aquello que ve, le impide articular palabra. No le pasan desapercibidos los continuos mareos que, a intervalos, atacan a su hija y que de inmediato la producen dolorosas arcadas. Come de forma irregular y pasa más tiempo de lo normal recogida en su cama.

Han pasado tres meses desde esa noche y desaparecieron los vómitos. Pero a él, no le pasa desapercibido el hecho de que su vientre crece perceptiblemente conforme pasa el tiempo. Fue por  entonces cuando, un día, llega a casa casi de noche cerrada y los cubiertos con su comida servida en el plato, se encuentran sobre la mesa: ella está ausente.

Se sienta en silencio y mientras come, dirige la mirada de soslayo hacia la puerta de la habitación de su hija, que permanece cerrada; meses atrás, siempre estuvo abierta. Poco después de acabada la cena, se levanta y se dirige hacia allí. Con discreción intenta abrir la puerta. No tiene cerrojo; pero algo atranca la entrada desde el interior y le impide abrirla. Se dirige a su habitación.

Según él cuenta, pasaron siete meses desde que se encuentra embarazada. Todas las noches, el mismo ritual le espera en el interior de la casa; no sabe qué aspecto tendrá su hija después de tanto tiempo y la desazón y el miedo a su encuentro, va tomando cuerpo. Las gallinas están cuidadas, al igual que el pequeño huerto junto al aljibe; todo indica que ella continúa atendiendo  sus obligaciones.

Es noche cerrada cuando llega al redil. Dos ovejas parieron entre los pastos y cargó con las crías. El camino de vuelta transcurrió con más lentitud.

Entra en la casa y, como cada día, la olla con la cena se encuentra en la mesa frente al plato y los cubiertos. Se sirve una porción generosa del cocido. La carne es muy tierna, aunque algo dulzona; diría que…diferente a otras carnes que comió y se pregunta de qué animal es. Continúa comiendo y poco después se sirve otra ración.

.- ¡¡¡Padre!!!

La voz cavernosa de su hija impacta con fuerza en sus oídos y se le desprende el plato de las manos derramando su contenido sobre la mesa, al mismo que se le escapa el orín de su vejiga manchando sus pantalones: está aterrorizado. Dirige su mirada hacia el rincón donde surgió la voz, a la izquierda de la estancia, y queda petrificado por la visión. Allí se encuentra ella: su hija. Está sentada y cubre la parte superior de su cuerpo con una sábana cubierta de manchas  oscuras y rojizas. La parte inferior de su cuerpo permanece desnudo. Con las piernas abiertas, la sangre ya cuajada la cubre desde la ingle hasta los pies, lo que le confiere una imagen más macabra si cabe. Sus ojos, abiertos como platos, transmiten la viva imagen de la locura.

.-¡¡¡Padre: el niño nació muerto…!!!

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