Fue la luz: lo se

Un cálido atardecer,

la luz,

decidió abandonar

cada rincón de sus ojos.

A partir de ese momento,

su vida,

aquella que él creyó

ejemplo de virtudes,

se convirtió en desespero

de aquellos que le amaban,

y fue acreedor de la desdicha que,

a su alrededor,

crecía.

El tiempo pasó.

Cierto día,

en un frío amanecer,

quedó varada su mirada

frente a los primeros rayos de sol.

Entonces ocurrió

aquello de lo que nadie,

nunca,

pudo dar razón:

entabló un diálogo con la luz;

llenó de color su mirada

y confesó al mundo

ser artífice de sus desvelos.

Poco después,

esa luz,

ahora si,

le abandonó para siempre.

 

El olvido

Fue un deseo inocente

el que llegó,

entrada la mañana,

y partió cual rayo oneroso,

contrito por la escarcha

y benevolente en su desvarío.

Creyó cautivar con su presencia

pero no pudo adivinar su caída.

Esperó retardar la añoranza

pero sintió su deseo ignorado.

Esperó sí;

pero la distancia

se convirtió en un calvario

y su mundo se vio,

una vez más,

camino al olvido. 

Bendita luz. Maldita presencia

Marchita la flor quedó,

aquel día.

La humedad del rocío

surgió de tus entrañas

cual astro benevolente,

y avivó el desasosiego

tiempo atrás en mi instalado,

como fin primordial,

para mis desvelos.

De súbito,

la afrenta ignominiosa

alteró los sentidos,

del éxtasis inminente,

y ensombreció el color de la estancia

en donde mi osadía quiso arraigar.

Estridente voz.

Inesperada presencia que secó

el jugo de tu boca

y frustró con impudicia mis deseos.

 

Como una gota de lluvia…

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…un día,

fue pasto del olvido.

Así, el olor del pan,

me acercó al recuerdo

del que mi mente huyó.

Años después,

aún conservo su sabor.

Aquel día,

la luz del sol imbuyó en mí la esperanza,

y rememoró cada uno de los recuerdos en que,

la muerte,

plagió cada estadio de mi vida.

Fingí no conocerla

y pasó cerca de mí,  ingrávida,

henchida de oscuridad.

Tiempo de silencio

 

img_4129-copia-copia-copiaAsí,

mi voz,

enmudece ante la desidia establecida,

por doquier,

en el mundo.

Siente el deseo de perpetuar su sonido,

en el olvido.

En mi pecho un grito y ante el dolor,

entre sus estancias,

parpadea la tristeza deseosa por escapar,

al sonido de su lamento y perpetuar,

tan solo por una vez,

la vergüenza que empaña sus lágrimas.

Es tiempo de silencio,

aunque,

tal vez,

existen infinitas razones para gritar.

Sueño: siempre sueño.

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Mi andar me delata. Deambulo día tras día en la consecución de mis sueños, porque nunca me rendí.

Pensé en conjugar la pureza de mis deseos con la esencia de mis fracasos, pero no vi la diferencia.

En principio, la ilusión me llevó viajando entre las nubes hasta que el viento, alteró mis planes y me abofeteó inmisericorde: caí cual Ícaro manchado de cal y arena. Pero lavé y curé mis heridas

Poco más tarde, de nuevo mis alas surcaron el viento pero, eso sí, con calma y sosiego, esperanzado en mantener el rumbo escogido. No supe parar a tiempo y… de nuevo caí. Esta vez, creí adivinar, fue el color de mi sueño que, a pesar de que la distancia hasta él era corta, me equivoqué, saturado en exceso, y alteré la química de su composición. Creí que nunca me recuperaría.

Otra vez escondí mis vergüenzas ante aquellos que adivinaron mi fracaso, y anduve con la incertidumbre del desarraigo, escondido entre la maleza de mis desvaríos.

Pasaron los años y hoy, ahora, siempre, deseo soñar.

El viento es mi aliado y purifica mis alas cuando mi mente flaquea ante la adversidad. La lluvia, limpia mi cuerpo cuando la maldad hace mella en él y el rayo, cauteriza mis heridas.

Día a día, mi conciencia me dice que debo partir, nuevamente, al encuentro de uno más de mis sueños, romper la monotonía de un instante y convertir en eterno aquello que otros, consideran efímero.

Al calor de los días

Nunca te vi reír. Cada día, cuando aparecías por allí, con andar cansino, te limitabas a sentarte a mi lado y me ofrecías un cigarrillo de un paquete de tabaco que, intuí, estaba vacío. Nunca hice mención de cogerlo. Te daba las gracias y, a continuación, te ofrecía mi paquete. Cogías uno y esperabas, tranquilamente, con él colgando de tu labio inferior, a que sacara mi mechero y te ofreciera encenderlo. Así, con calma, como cada día, comenzabas tu alegato de supervivencia parafraseando situaciones de las que yo era sabedor, mucho antes de que te encontrara. Nunca te contradecía. Permanecía en silencio y, a veces, asentía ante los razonamientos que, con pasión, defendías.

Nunca me hablaste de ti. Pero tu vestimenta, la barba crecida y desaliñada que lucías, y el calzado desgastado que cubría tus pies, me daban a entender de las carencias existentes en tu vida. Poco después, un “hasta luego”. Había transcurrido casi media hora. Pero me daba igual. Sabías de antemano que no nos encontramos por casualidad y siempre estuve a la hora pertinente, en el mismo lugar.

Ese día, algo me dijo que no eras el de todos los días. No me dirigiste una sola palabra. Un movimiento de cabeza como saludo y un cigarrillo, que no cogiste, cuando te ofrecí, como siempre, el paquete. Allí sentado, tu mirada permanecía perdida y en tu semblante adiviné la ausencia, el dolor, la tristeza, que embargaba cada rincón de tu alma. El silencio era la nota dominante del encuentro y te miré de soslayo, con extrañeza, tratando de adivinar que oscuro pensamiento atenazaba tu mente. No obtuve respuesta a mi requerimiento. Algo corroía tus entrañas, porque la tristeza dominaba tu semblante. Pasados unos minutos, observé como este cambiaba. Me miraste, te miré, directamente a los ojos -nunca antes lo habíamos hecho-  y una luz y una serenidad, que jamás observé en mirada alguna me dijo, que habías tomado una determinación.

-Sabes…- me dijiste- nunca te hablé de mí; pero sé que sabes quién soy. Los demás me ignoran o me desprecian. Solo tú, me trataste, durante este tiempo, como lo que soy: una persona humana. Agradezco infinito tu amistad.

Me obsequiaste con una cálida sonrisa y marchaste, con dignidad y altivez, a la búsqueda de tu destino. Nunca más supe de ti.img_20150419_091116-copia

 

 

 

El silencio…

img_3949-copia…empaña mi voz,

y se pierde entre las sombras,

más allá de los recuerdos.

Sujeta las argollas

que retienen la nostalgia

del pasado.

Ufano,

pasea presuntuoso

por la rosaleda,

en un vano intento

por fundir,

entre las flores,

todo amago de rebeldía.

Pero,

frente a los espectros enraizados,

sujetos al recuerdo,

donde los deseos perduran,

allí,

en el mundo,

prevalece tu presencia,

con rabia contenida,

porque reprimen cada uno de los gritos

de dolor,

y silencian mi presencia.

Un pedacito de luna

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El sol, como cada amanecer, apenas irradia pequeños destellos a través de la bruma, cargada de suciedad, que impide gozar de él con plenitud. Hace frío.

Poco a poco despiertan de su inquieto sueño. Mecánicamente, se desperezan y tratan de calentar sus entumecidos miembros, aletargados por el frío de la noche.

Vislumbran algo extraño a unos metros de donde ellos se encuentran. Nadie sabe que es y cómo llegó hasta allí.

-¿Es comida? – Preguntan unos con desesperación.

-¡Es una trampa!- Gritan otros

-¡Es un pedacito de luna! ¡Yo lo vi caer noche!- Afirma alguien.

Solo uno de ellos se separa del grupo y se acerca lentamente. Escudriña, con mirada temerosa, aquello que acontece a ras del suelo.

Se agacha y  lo observa con ojos curiosos. Coge su varita -dicen todos que es mágica- y, con ella, la toca con temor. A continuación, se levanta espantado. Retrocede de espaldas, sin perder de vista aquel ente  extraño, al encuentro de los demás.

-¡Es obra del maligno!¡ Debemos seguir con urgencia nuestro camino, antes de que esa cosa penetre en nuestras vidas y nos lleve a la perdición!

Así, continuaron su peregrinación. Miradas furtivas, mientras se alejan con premura… Sienten temor ante aquello que les es desconocido…

La flor, blanca como la nieve, quedó instalada en la tierra, anclada en sus raíces, y las consecuencias, con el tiempo, se hicieron  patentes en la cañada.