Al calor de los días

Nunca te vi reír. Cada día, cuando aparecías por allí, con andar cansino, te limitabas a sentarte a mi lado y me ofrecías un cigarrillo de un paquete de tabaco que, intuí, estaba vacío. Nunca hice mención de cogerlo. Te daba las gracias y, a continuación, te ofrecía mi paquete. Cogías uno y esperabas, tranquilamente, con él colgando de tu labio inferior, a que sacara mi mechero y te ofreciera encenderlo. Así, con calma, como cada día, comenzabas tu alegato de supervivencia parafraseando situaciones de las que yo era sabedor, mucho antes de que te encontrara. Nunca te contradecía. Permanecía en silencio y, a veces, asentía ante los razonamientos que, con pasión, defendías.

Nunca me hablaste de ti. Pero tu vestimenta, la barba crecida y desaliñada que lucías, y el calzado desgastado que cubría tus pies, me daban a entender de las carencias existentes en tu vida. Poco después, un “hasta luego”. Había transcurrido casi media hora. Pero me daba igual. Sabías de antemano que no nos encontramos por casualidad y siempre estuve a la hora pertinente, en el mismo lugar.

Ese día, algo me dijo que no eras el de todos los días. No me dirigiste una sola palabra. Un movimiento de cabeza como saludo y un cigarrillo, que no cogiste, cuando te ofrecí, como siempre, el paquete. Allí sentado, tu mirada permanecía perdida y en tu semblante adiviné la ausencia, el dolor, la tristeza, que embargaba cada rincón de tu alma. El silencio era la nota dominante del encuentro y te miré de soslayo, con extrañeza, tratando de adivinar que oscuro pensamiento atenazaba tu mente. No obtuve respuesta a mi requerimiento. Algo corroía tus entrañas, porque la tristeza dominaba tu semblante. Pasados unos minutos, observé como este cambiaba. Me miraste, te miré, directamente a los ojos -nunca antes lo habíamos hecho-  y una luz y una serenidad, que jamás observé en mirada alguna me dijo, que habías tomado una determinación.

-Sabes…- me dijiste- nunca te hablé de mí; pero sé que sabes quién soy. Los demás me ignoran o me desprecian. Solo tú, me trataste, durante este tiempo, como lo que soy: una persona humana. Agradezco infinito tu amistad.

Me obsequiaste con una cálida sonrisa y marchaste, con dignidad y altivez, a la búsqueda de tu destino. Nunca más supe de ti.img_20150419_091116-copia

 

 

 

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