¡Él: ese hombre!

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¿Y el retrato…? Me preguntaste. Ese día, un inmenso nudo en la garganta me impedía darte razón sobre él; hoy sí. Se encuentra lejos: muy lejos. Espero que, un día, el demonio lo cuelgue en su morada y le insufle el fuego necesario para que arda por toda la eternidad ¿Acaso no es suficiente el hecho de que no pueda apartar de mi vida su recuerdo? ¿Que no entiendes de qué hablo? ¿Nunca te contaron del sufrimiento que día tras día acompañó mi existencia? Claro. Porqué. Ni tan siquiera habías nacido. Pero tienes que saberlo. Quiero confiarte la verdad de lo ocurrido todos estos años porque sé que, tú, lo entenderás, al verte libre de la hipocresía y los perjuicios que, durante tanto tiempo, tuve que soportar.

En mi vida nunca habría  un cambio sustancial que me llevara a poseer algo de todo aquello que, otras niñas, de mi edad, si poseían. Nací pobre y, después de sesenta y cuatro años, continúo igual.

He maldecido un millón de veces el día en que, ese hombre, cruzó el umbral de la puerta y llenó nuestro estomago del pan que tan caro  nos resultaba alcanzar. ¿Por qué lo maldigo? Por dignidad hijo: por dignidad.

¿Mi padre?…un pobre infeliz que, allá por donde anduvo, fue incapaz de establecer la diferencia entre llenarte el estómago, a sabiendas de que lo tienes que pagar, y la generosidad por ofrecerte un mendrugo de pan. Sí hijo sí. Alguien, allá donde te encuentres, sufriendo y desvalido,  aparecerá y llenará tu estómago de aquello que no tienes para, más tarde, recordarte que, en un momento determinado, te hizo ese favor. Te lo pedirá con intereses y los cobrará. ¡Vaya si te los cobrará!. Llamará a la puerta de tu casa como por casualidad y, poco después, será suya con todo aquello que contiene, incluida la vida de aquellos que la moran.

¿Sabes? No transcurrió mucho tiempo. Prácticamente a diario, después de comer, aparecía   y, al caer la tarde, marchaba a casa a dormir. ¿Mi madre? Ella se dejó querer. Se dejó alimentar. Se dejó acariciar y… se dejó montar. ¿Te escandaliza mi lenguaje? Vale: llámalo como quieras. Pero se la tiraba cuando le apetecía y mi padre, el muy cobarde, fue incapaz de sacarlo de casa, junto a la vergüenza que nos acarreó tal situación. ¿Que si lo sabía? No me cabe la menor duda. Pero fue un pobre infeliz que trabajaba de sol a sol a cambio de las migajas que, ese hombre, le ofrecía y, poco a poco, se adueñó de su voluntad. De la voluntad de mi madre y…también de la mía. ¿Te sorprende? El hambre, cuando remueve tu estómago y acelera su presencia en el vacío de tu despensa, te roba la potestad de decidir y sucumbes ante la prestancia que, un mendrugo de pan, te ofrece. Pero claro, tú no lo puedes saber. Por fortuna para ti, naciste más allá de la línea que separa el hambre del acto digno de negar y…no te culpo. Después de tantos años, yo, sí me culpo. Soy culpable de transigir. Culpable por no huir de la miseria que nos arrastró a la indignidad. Culpable por no ver que, nuestras vidas, a partir del día que apareció por casa, dejarían de ser nuestras vidas y se convertirían en el mundo que él, ese hombre, manejaría a su antojo.

¡Claro que sí! Yo era una niña de doce años y todo aquello que llenaba de color mi vida, relumbraba feliz en mis sentidos. Desde el primer día me engatusó con caramelos de todos los colores. Pasado un tiempo, fue más selectivo y me traía aquellos que sabía eran irresistibles para mí.

Una tarde, mi madre no estaba en casa, llamó y le abrí. Me regaló una piruleta. Recuerdo que era redonda, blanca como la nieve, y la envolvía de arriba abajo una espiral roja que le daba un aspecto de extrema felicidad. La encontré deliciosa y la chupaba con fruición. Me sentó de espaldas a él, sobre sus rodillas y, entonces, ocurrió: me abrió con sus dedos. El dolor era punzante e incisivo y lloré asustada porque no sabía qué me estaba ocurriendo. Pero llenó mis manos de dulces, con sabores y olores intensos, que nunca habría podido descubrir por mí misma, al mismo tiempo que me consolaba con besos y palabras cariñosas y, poco a poco, me calmé. Poco después, las visitas fueron más frecuentes. Deseaba encontrarnos en casa, solas, a mi madre y a mí.

Pasaba muchas horas hablando con mi padre. Con mi madre, al mismo tiempo que llenaba mis oídos de lisonjas y zalamerías, preparando nuestros encuentros en soledad, a la mínima ocasión. Así transcurrieron muchos meses hasta que, un día, pasó lo que tenía que pasar.

Él, había estado con mi madre después de comer y, esta, quedó dormida en la cama. Poco después, subió a la cámara a mi encuentro. Era insaciable. Hacía calor y me encontraba echada en el suelo, sobre una sábana, adormilada. Unas viejas enaguas me cubrían y, poco después,  sentí como acariciaba cada rincón de mi piel. Disfrutaba quieta y en silencio cada uno de sus actos. Era un gran amante y sabía discernir el momento exacto en que mi cuerpo pedía que… Lo confieso sin el más mínimo rubor. Me transportaba al cielo cuando me acariciaba. Cuando me besaba; cuando me poseía y… en un momento determinado, oí un grito estremecedor. Ese hombre saltó como un resorte del centro de la cama, donde me cubría, mientras trataba de atar el cinturón a sus pantalones y balbuceaba   palabras inconexas. Levanté la cabeza y vi a mi padre que, en el rellano de la escalera, con los ojos llenos de espanto, retrocedía de espaldas sin apartar la mirada del punto en que yo, desnuda, le contemplaba con los sentidos aun anclados en una nube. Entonces sucedió.

Vergüenza? Nunca fui consciente de que aquello que él hacia conmigo estuviera mal. Lo hacía con mi madre y ella era mi referente. Los veía y escuchaba a escondidas, con asiduidad, cuando mi padre no estaba en casa! ¿Cómo iba a pensar que, aquello que hacía con mi madre, estuviera mal para conmigo?. Ella nunca me habló de ello y tampoco yo le comenté nada. Las golosinas eran mi prioridad y no quería compartirlas con nadie. Pero, estoy convencida, sabía también de nuestra relación.

Recuerdo que me acerqué hasta la escalera, obnubilada, y vi a mi madre gritando con desesperación en el rellano inferior de la misma. Mi padre, mientras, yacía sin moverse cuatro escalones más arriba. Que… ¿qué pasó?. Ella me contó, que perdió el pie en la bajada y se mató al golpearse en la nuca.

Ese día, quedé conmocionada hasta tal punto que, no pude llorar. Tampoco volví a subir esa escalera hasta que, una tarde, mi madre, me envió a buscarle, a  él, que se encontraba arriba en la terraza dejando esparto a secar. Inconscientemente subí. Pero, cuando pisé el primer escalón, al bajar, las lágrimas surgieron de mis ojos como una catarata y anegaron lo poco que quedaba de mi dignidad. Fue entonces cuando tomé verdadera conciencia de que, mi padre, no volvería a casa y que jamás lo volvería a ver.

Ese hombre, estuvo ausente de nuestras vidas durante unos meses. O eso pensó mi madre que yo creía. Él, a escondidas, por lo menos una vez a la semana, entraba en casa por la puerta que da a la cuadra y yacía con ella hasta altas horas de la noche. Eso sí: nunca más nos faltaron unas pesetas para comer, ni caramelos que endulzaran mi tristeza.

Un año después del accidente, mi madre y él se casaron.

No: nunca más volvió a tocarme; y yo, nunca más le dirigí la palabra. Oía a menudo los gemidos de placer que surgían de la habitación de mi madre y me sentaba en el exterior, cerca de ellos, mientras pensaba que era yo la que recibía sus caricias. En silencio y resignada, admitía su presencia y, en soledad, afronté año tras año cada momento en que me vi obligada a convivir con ellos.

¿Por qué  te cuento todo esto? Tú has estado cerca de los tres desde que naciste e ignoras, estoy segura, la intimidad de lo sucedido en esta casa a lo largo de los años. Eres inocente, como yo lo fui y el único, de todos aquellos que conozco, capaz de valorar en su justa medida lo que voy a hacer.

Durante más de cincuenta años estuve aferrada a los caprichos de los dos. Mientras, los celos  me consumían cada vez que les oía retozar y la nostalgia por él, junto al rencor hacia mi madre por las veces en que lo poseyó, lastimaba mi mente, más si cabe, transida por el recuerdo.

Sí. Hace dos días que él, ese hombre, pasó a mejor vida y mi madre lo espera, Dios sabrá donde; y yo, en breve, vagare toda la eternidad, en soledad, al igual que lo hice en vida.

¿Sabes? No han cambiado nada las piruletas después de cincuenta años. Es blanca; redonda. Una espiral roja la envuelve de arriba abajo. Pero la sensación y la curiosidad que me embargó, cuando era cría, es muy distinta a la que ahora me domina. Espero que el sabor no haya cambiado.  Disfrutaré, mientras la lamo, de él y del recuerdo de sus caricias para, en un momento determinado, untar con el sabor de la muerte cada uno de los recuerdos que, en vida, me acompañó.

Adiós hijo. No me olvides.

Tu tía Soledad

 

 

2 comentarios sobre “¡Él: ese hombre!

  1. Nunca sabremos toda la verdad sobre nuestra existencia. El hombre, por el simple hecho de tener conciencia, es el ser más oscuro existente, capaz de lo más grande y de lo más ruín y obsceno. Abrazos de luz Mamen.

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