Inocencia perdida

Renegué de mi inocencia cuando, con un simple suspiro, allanaste mi camino hacia el infinito. Aceleraste mis pasos; fui preso de mi pasión  y tus palabras calcinaron mis sentidos  que, así, con un simple suspiro, castigaron mi presencia  y desde ese momento una solitaria moneda, un simple céntimo, es suficiente para que todos, excepto lo que de mí queda, disfruten de  tus caricias.

Un grito en el camino

No es el camino aquel que dicta nuestros pasos;

es el miedo a caminar sin encontrar.

No es el silencio quien arrebata las palabras;

es la incerteza por no encontrar quien oiga en paz.

No es el grito aquel que induce al desvarío;

es la agonía de aquel que grita ¡¡¡ basta ya!!!.

¡¡¡Hace tanto tiempo que….!!!

 

¡¡¡Hace tanto tiempo que….!!!

Veo algo fuera de lugar. La oscuridad obstaculiza mi visión. Me acerco con cautela y observo aquello que se mueve débilmente en un rincón de mi habitación. ¡¡¡Es una mujer y… está desnuda !!!. ¡¡¡Dios; ni me acuerdo cuando fue la última vez que….!!! Espera: parece que quiere decirme algo. ¿Qué tienes hambre? Me acerco con cautela y le digo que iré a buscar algo de alimento. Pero niega con la cabeza y me ofrece su mano al mismo tiempo que me pide, con gestos, que me acerque. Quedo de pie frente a ella. Su mano libre, la derecha, se acerca suavemente a mi entrepierna y empieza a frotarla muy suavemente hasta alcanzar un ritmo armonioso y sensual que induce a mi pene a hincharse más de lo normal. ¡¡¡ Dios: hace tanto tiempo que…!!! El ritmo para de improviso y desabrocha mi bragueta dejando al descubierto mi pene largo e hinchado por la excitación. Se arrodilla. Siempre con calma, lo introduce en su boca. Un ritmo enloquecedor de entrada y salida y creo que, de un momento a otro, el cálido y espeso líquido se derramará en su boca. De repente, atenaza fuertemente con los dientes mi miembro y el dolor se hace insoportable. Lanzo un grito desesperado de dolor al mismo tiempo que un líquido rojo y espeso mancha mis piernas y pantalón. Pero no puedo escapar de sus mandíbulas. No quiero salir de  allí….Hace tanto tiempo que….

Vivo vida…

Vivo vida.

 

…y en el estanque dorado descubrí que el hecho de ser uno, único entre los infinitos seres que deambulan por el universo, me hace sentir especial; porque yo, soy uno: nadie más es yo. Porque yo, soy como soy: amo, odio, siento, pienso, vivo como yo solamente vivo y este hecho es veraz e irreversible ante los demás seres vivos. Y a nada temo. Así, vivir vivo, porque ese es mi deseo. Y al  poder contemplar la luz que conmueve mis entrañas y arrancar de mi alma cada uno de los suspiros que acompañan mi existencia, soy feliz; porque ante el hecho milagroso de la vida puedo, debo decir y digo: vivo porque me siento; vivo porque te siento…vida.

Una palabra…..

Una palabra

   …. o un susurro que llega a mis oídos; no lo sé. Qué más da?. Cualquier sonido que altere mis sentidos me induce a pensar que yo estoy allí porque tú te encuentras cerca; deseas observar como mi corazón se altera y bate con más fuerza si cabe, saltando alternativamente tu mirada de mi pene a mi pecho. Pero  qué?. Tu apetito no tiene límites. Te dedicas a observar cada uno de mis movimientos mientras evolucionamos en cualquier rincón de la cama, sin interrumpir las mil y una caricias que pausadamente con él comparto y de improviso, te instalas entre los dos y deseas que nuestras manos cubran tu cuerpo de caricias; que llenemos tus oídos de susurros seductores; que inundemos las estancias ocultas de tu cuerpo con los jugos de nuestro deseo pero…. ¡¡¡joder!!!: sería mucho pedir que alguna vez, aquello que acaricias reverencialmente con tus manos o introduces golosamente en tu boca, dejara de ser igual al mío?

El santuario

El santuario

 

    Acaricié su mano y la encontré fría; es cierto. Pero hecho tan insignificante no podía alterar mis planes de conquista.

    Una rosa roja era la ofrenda que, intermitentemente, le ofrecía y que era aceptada con una dulce y enigmática sonrisa. Mi cuerpo ardía de pasión y pensaba que, en cualquier momento, se desharía como la mantequilla al contacto con el fuego.

    Una semana después allí estaba yo. Sentado sobre  una mullida butaca asistía embelesado a las sensuales evoluciones de su cuerpo: se desnudaba metódicamente. Mi cuerpo ardía de pasión y mi pene crecía con fuerza dispuesto a conquistar el santuario que se me ofrecía aun virgen, según me dijo. Cuando se echó cadenciosamente  sobre la cama, no pude frenar mi instinto predador: sin quitarme ni una sola de mis prendas me instalé entre sus piernas; liberé mi tótem y lo introduje hasta lo más profundo.

     Días después, mi pene continúa erecto y frio como el hielo. Tampoco puedo mear. Maldita sea.