Una simple nube…

Alcanzaron una nube las notas de mi canción.
Satisfecho me encontraba. Mientras, oía vibrar cada uno de los destellos de luz que, al paso del sol por las nubes, reverberaban en la inmensidad del espacio circundante.
Allí, a su alrededor, se congregaron todas las almas que antaño conocí y disertaron sobre lo oportuno del momento en que sonaba. Me irrité; porque tal hecho, desvirtuaba cada uno de los pensamientos que circularon por mi mente en el momento que la compuse.
Necio de mí: no supe comprender lo que ocurría hasta que, horas después, descendieron las notas hasta mi rostro, en forma de lluvia negra e inmisericorde.IMG_2511

Palabra…

 

Volutas de piel en el aire? Es posible. Solo tengo que mirarte para que mi cuerpo quede reducido a cenizas en tu presencia y mi deseo, se convierta en la llama que pugna por  penetrar en tus entrañas y hacer que sufras el dolor eterno de lo banal. Banal, sí. Que no me crees? Acerca tu nariz a mi sexo y huele la distancia que existe entre tu deseo y el mío. No notas nada? Por qué no lo introduces en tu sexo y alivias un poco la ansiedad que me atenaza?  El calor que me domina es asfixiante y el amago de reflexión en que te sumerges es desesperante. ¡¡¡Joder: podrías disimular un poco!!! Comprendes ahora lo de la banalidad? Al menos dejaras de exhibirte ante mí con tan descarada y falsa impudicia. En fin; un día más me consolaré en soledad y otra vez más, el ave Fénix resurgirá de sus cenizas hasta que, de nuevo, acuda a tu llamada. Pero te lo advierto: cualquier día lo desearas, y no lo vas a encontrar; palabra.

Nada más que nada

Nada más que nada
No recuerdo el instante en que te dije sí. Escarbo entre las brumas que envuelven la situación en que se produjo, pero me veo incapaz de situarme en el momento preciso. De lo que sí estoy convencido es, de que fue una situación extrema de la que no pude escapar y por el anhelo en que vivía ese instante, me dejé llevar por los impulsos lascivos de mi inconsciencia y, ahora, en este preciso instante, deseas que pague por aquello que tu defines como un acto generoso; ahí radica la inconsciencia de ese acto y también, de ser cierto, del mío. No existe la generosidad cuando disfrazas tus palabras con la miel que embelesó mis sentidos para, a continuación, pedir lo que mi conciencia es incapaz de ofrecerte. Repito: no recuerdo el instante en que el sí, apareció en mis labios y me comprometió con algo, para mí, tan obsceno. Lo siento; no estoy dispuesto a pagar precio tan alto por algo que ni tan siquiera mi recuerdo, es capaz de ubicar. No me importan tus lágrimas ni tampoco tus amenazas. Esa promesa, para mí, no existe. Tú me diste, yo te di, y estamos en paz.

Mi deseo por ti

IMG_4259 - copiaMi deseo por ti arranca desde el momento en que tu sonrisa acarició mi mirada y se estableció en lo más profundo de mis ojos: fue por mí y para mí.

Mi deseo por ti se agudiza al contemplar el revuelo de los pliegues de tu falda y siento que me invitan a establecerme entre sus estancias y llenar de luz, tus deseos.

Mi deseo por ti no se disipa con un simple lamento de desesperación por la insistencia o desaparece de mi mente con un rotundo  no, que brote de tus labios.

Mi deseo por ti es el hecho de saber que me desprecias por derecho y asumes  con frigidez la consecuencia del desarraigo moral, en que me sumerges.

Mi deseo por ti fortalece la  voluntad de tu deseo  por escapar de la influencia de un suspiro enternecedor en que se vería comprometida la voluntad, de ese deseo.

No recuerdo su nombre

Un día apareció por la panadería. Era alto, delgado pero fibroso, y el paso de los años castigó con  severidad su columna vertebral: andaba encorvado.

Descargaba parte de su cuerpo sobre un cayado, sujeto por su mano derecha, que siempre le acompañaba allá donde quiera que fuese. Sus pasos eran alargados, acelerados: marciales. Con su mano izquierda, aferraba con fuerza una bolsa de plástico duro, con rayas azules, donde introducía lo que compraba para su sustento o aquello que “encontraba” en la huerta por los alrededores del pueblo, donde solía pasear casi a diario.

En invierno, solía vestir una gabardina azul con pantalones de pana color beige. Una camisa blanca a rayas, parecía siempre la misma, se dejaba ver por la parte superior del cuello de un grueso jersey de lana que, cada cierto tiempo, demasiado diría yo por el tufillo que despedía, solía cambiar por otro, de muy similares características. Remataba su indumentaria una gorra también de plástico forrada de lana en su interior, con orejeras, que colgaban sobre ambas partes de su cara, disimulando sus enormes orejas que lucían al compás de una gran nariz y unos labios también grandes y carnosos. Dos pronunciadas bolsas enmarcaban sus ojos por la parte inferior y de la parte superior, sobresalían unas cejas enormes cuajadas de desordenados  pelos largos y oscuros. Sus ojos, más bien menudos y de un azul claro con una apenas perceptible pigmentación verdosa, desde el primer momento, llamaron mi atención. Si: cuando me miraba fijamente me sentía incómodo; la fijeza y profundidad en que lo hacía, aparecía muchas veces cargada de despotismo, desprecio, lascivia…; era como si atravesara mis pupilas adolescentes y se incrustara en lo más profundo de mis pensamientos. Cuando esto ocurría, procuraba entornar los ojos para que mis pestañas ejercieran de muralla e impidieran su paso a mi interior.

Normalmente, solía comprar el pan por la mañana; pero una tarde, ya anocheciendo, pasaba por allí y decidió hacernos una visita, según nos comentó.  Se acomodó en una silla junto a las brasas que el tío Vicente solía sacar a diario del horno, y  que depositaba en una de las latas planas y rectangulares con las que cocíamos dulces, ya muy deteriorada por el fuego.

Por las historias que nos contó, inferimos que era polaco y que, por circunstancias, se vio obligado a salir de su país dejando allí a su hijo que era ingeniero, no recuerdo de que especialidad.

Venezuela, Argentina, Paraguay…son algunos de los países que supuestamente visitó, y numerosas fueron las aventuras y anécdotas  que nos contó le habían ocurrido durante ese periplo. Unas creíbles; otras no tanto. De todos modos, me gustaba escucharle y mi imaginación volaba entre las cumbres que escalaba y las carretas en que se desplazaba a lo largo y ancho de esas lejanas tierras.

Cierto día  pidió a mi padre que le prestara un sedal para poder pescar. Llegamos a la conclusión de que la economía de la que disponía era bastante limitada y la pesca, de producirse, aliviaría esa necesidad.

Meses después salí del pueblo por un tiempo y a mi vuelta, pregunté por él a mis padres: había muerto un par de meses atrás. Un día salió a pescar y no volvió. Un vecino, extrañado por su desaparición, denunció el hecho a la Guardia Civil y comenzó su búsqueda. Lo encontraron varado en el agua rio abajo, entre las cañas, a unos dos kilómetros del lugar en que solía establecerse para pescar: pereció ahogado.

A mi memoria acude de tarde en tarde la presencia de este hombre en mi vida. Siempre me pregunté el porqué de su huída a otras latitudes y con el tiempo, ya él desaparecido, he sido capaz de penetrar en la intimidad de sus recuerdos, con los ojos entornados, y lo que vi me dejó paralizado por el terror. A través de sus ojos, he sido testigo de uno de los hechos más horrorosos y deleznables de la historia de la humanidad: trenes cargados de inocentes que se apiñan miserablemente entre las paredes de cajas rectangulares y, en su última parada, vacía la carga en el interior de las alambradas de unas mentes ruines y asesinas, que pretenden cambiar el mundo a partir de la supremacía de su raza y la verdad de sus razonamientos.  Pero lo que más me horroriza de esta escena es que yo me encuentro allí y observo desafiante la descarga de esta “escoria” en mis  dominios.

Por cierto: no recuerdo cual nos dijo que era su nombre.

Un camino a seguir; un sueño que cumplir.

Un camino a seguir; un sueño que cumplir.

Nunca emprendí un camino que a la postre se me hiciera aburridamente pesado y, debido a tal hecho, deshacer lo andado para reiniciar la búsqueda por un nuevo derrotero, en la consecución de la meta predeterminada. A lo largo del camino, cualquier camino, siempre hay un motivo para recordar. Tal vez ese sea el motivo por el cual siempre seguí la senda escogida y nunca vi la necesidad de volver sobre mis pasos: la curiosidad por saber lo que me depara el final del recorrido es vital. Andando por esos periplos, siempre me resulta gratificante sentarme en los márgenes del camino, descansar y reflexionar; permanecer a la espera con todos los sentidos alerta y nutrirme del espacio circundante, unas veces nuevo, otras conocido, pero siempre gratificante. Cerrando los ojos,  dirijo la mirada hacia mi interior: mi mente despliega infinidad de matices y me  mimetizo con el entorno; esta premisa es fundamental en mi vida y, a partir de ese momento, los sueños hacen su aparición. Pienso en el respeto que me merece todo lo que me rodea y de este modo la felicidad, búsqueda primigenia de la naturaleza humana, hace mella en mí.

Milagrosamente, o no, los años dejaron aletargados en nuestra memoria infinidad de recuerdos; así, de improviso, se hacen presentes en  nuestra vida y, la mayoría de las veces, nos preguntamos qué habría ocurrido si… Recuerdos. Buenos, menos buenos; malos, menos malos; todos están ahí, escondidos en un rincón de nuestra memoria. Niñez, adolescencia, pubertad, madurez. Establezco un proceso selectivo. En cualquiera de los estadios nada es imposible; los sueños  aparecen. Años después, están ahí agazapados a la espera de ser recordados y…no me siento defraudado. Que son los recuerdos? Pienso. Pequeñas volutas luminosas que salen de nuestra memoria y nos inducen a reflexionar sobre el triunfo o  el fracaso en que se convirtió nuestra vida? Recios espantapájaros que deambulan en un momento determinado por nuestro cerebro, para interferir en nuestra vida y joder lo que considerábamos nuestra ejemplar y longeva existencia? Qué más da. Es otoño y… ya todo da igual. Interesadamente, cuando nuestra vida llega a esta estación, la memoria establece ese proceso que nos obliga a pensar que procedimos cual sentíamos y acotamos arbitrariamente los parámetros que nos llevan a pensar que un sueño determinado se cumplió. Haciendo honor a la verdad, nuestra mente es capaz de tergiversar la situación y enfocarla, después de los años, de forma distinta; en realidad, cuando reaparece, lo moldeamos; el hecho en cuestión se reconvierte libre del pecado de desidia y lo  valida  para que la negligencia en el momento de cumplirse, no haya sido baladí. Parafraseando a Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”; pero, es así como debemos plantearlos?; así de simple?. Tal y como los tiempos corren,  nos vemos obligados a sobrellevar la dramática carga en que se ha convertido nuestra existencia y los sueños, sin olvidar de que sueños son, deben estar presentes más que nunca en nuestras vidas. Satisfechos o no, quedan a nuestra merced y podemos hacer de ellos aquello para lo que en un principio fueron creados; o no?. De todos modos, los sueños, aligeran nuestra carga emocional en un momento determinado y sobrellevamos con más calma los momentos más duros de nuestra existencia. Me pregunto: qué son los sueños?: una simbiosis extraña y manipulable a partir de nuestros deseos que, lamentablemente, en su encuentro con todo aquello que nos rodea, suelen quedar aletargados en nuestra memoria? Concluyendo: todo sueño se cumple a partir de un propósito, aunque “los sueños, ahí es nada, sueños son”.

Un nuevo punto de partida

 

Los papeles invaden por doquier cualquier rincón del aula. Revuelvo entre ellos, al mismo tiempo que mi mente trata de rememorar y poner en su sitio cada una de las imágenes que contemplo; pero, veintidós años, son muchos años: casi demasiados. Los recuerdos se acumulan en mi mente uno tras otro y…me encuentro fatal. Me acomodo en el sillón apoyado en la mesa donde siempre atendí a mis alumnos: siempre serán mi mesa y mi sillón. Mi mirada vaga con tristeza entre las paredes de la estancia y, en cada rincón, encuentro un motivo para que mis ojos reconozcan el día a día del espacio circundante y mis sentidos se alteren ante el paso del  tiempo y las circunstancias que me trajeron hasta aquí. ¿Nostalgia?, la hay: momentos inolvidables e irrepetibles transcurridos entre las estancias del edificio. ¿Alegría?, mucha: el triunfo de aquellos alumnos que pasaron horas, días, años frente a los caballetes de dibujo, me reconfortan. ¿Tristeza?, infinita: otros, los menos, quedaron varados en el punto de encuentro incapaces de traspasar la línea que les indicara el camino a seguir: entono mea culpa.

Treinta años atrás, cargaba de pertrechos mi coche y me desplazaba lejos de la que, hasta ese día, había sido mi vida. Durante ocho años deambulé por el asfalto de todos y la tierra de otros, pero siempre me encontré como en casa. Allá donde me establecí pugné por ser uno más entre muchos y ser partícipe de sus alegrías y tristezas. Siempre me sentí arropado por aquellos que me conocieron y el encuentro diario con ellos calaron en mi vida como yo, el paso del tiempo me lo confirmó, calé en su vida.

Imposible recordar cada uno de esos encuentros  que, a diario, trataba de compartir impartiendo unos conocimientos que, para mí, constituían parte importante en mi vida y que, con pasión y generosidad, trataba de imbuir a mis alumnos. Cientos, miles de ellos aun deambulan por mi mente y muchas veces me pregunté, y me pregunto, que ha sido de ellos.

La vida sigue e inexorablemente no hay punto de retorno; pero siempre hubo y habrá  un nuevo encuentro y… a él me aferro.

Me levanto de mi silla y me alejo de mi mesa. Son muchos papeles: demasiados. Dibujos que mis alumnos a lo largo de los años realizaron y trato de priorizar lo bueno sobre lo menos bueno; pero, no es momento de juzgar el trabajo y entrega de los demás y los guardo en sus correspondientes carpetas, para que sirvan de referente a los que tienen que venir. Mi labor durante estos treinta años está presente y ellos, los que partieron y aquellos que por circunstancias quedaron, me juzgaran.

Un nuevo punto de partida me espera.

La rata, el gato y el ratón.

Definitivamente permanecían a la espera. ¡¡¡Pobres ignorantes!!! Por un momento pensaron que el modelo de vida del que gozaban, los libró de la inmundicia a la que se vieron impuestos durante tantos años. La mierda esparcida por unos cuantos, alardea con infinita desvergüenza por doquier y los gatos temen por la supervivencia de su especie. La basura se acumula por cualquier rincón de las calles y las ratas, esgrimiendo la codicia como bandera, despliegan su poderío. Los gatos, años al sol panza arriba, confiaron en la fortaleza de unas leyes que les prometían el bienestar y la justicia tanto tiempo anhelada, y han quedado convertidos en la carne que sustenta la panza de los facinerosos. Esconden su rabo entre las piernas y a duras penas sobreviven entre los recovecos de unos símbolos que creyeron extinguidos. Mientras, el ratón permanece a la espera.

Regueros de sangre desahuciada circula por las callejuelas que, con extrema desfachatez, gourmets coleccionistas de lo ajeno, guardan con delicadeza en su bodega, protegida en botellas de cristal chapado en oro.

El rincón en que el gato durmió plácidamente las últimas décadas, se convirtió en el nido en que el francotirador, con un bigote enorme que le distingue del resto, abate cualquier conato de rebelión que ponga en peligro la estabilidad del orden constitucional, amparado clandestinamente entre los pliegues de unas hojas que, por ellos roídas, esgrimen con la impudicia del que se sabe intocable.

Pero el gato, tímidamente, atusa los bigotes que, por desidia, perdieron la sensibilidad y dejaron de percibir el peligro antes de caer en la trampa, y parece no resignarse al destino que unas pocas ratas le imponen.

Conatos de rebelión se perciben en ciertos ambientes: “no te fíes” dicen las ratas. Los gatos, junto a una horda inmensa de ratones que se sintieron importantes cuando abrazaron las promesas de unas ratas corruptas sedientas de riquezas, permanecen a la espera de los acontecimientos que el futuro les depara.

¿Conseguirá el gato imponer sus razones ante el descontrol y la estulticia establecida? ¿Se comerá a la rata, después de descontaminarla, que adormece la voluntad del inocente chupando con descaro la sangre que lo sustenta? ¿Comerán una vez más el gato y la rata al ratón por ver saciada su sed de venganza? Continuará.

Texto para mi colaboración en 100grados número 9 – Con ladrones y gatos pocos tratos.