ES LA MIRADA…

    … la que define cada uno de los hechos que acontecen en nuestra vida. Alegría, tristeza, ansiedad, miedo, ilusión…todo queda supeditado a la luz interior que, a través de los ojos, emana en un momento dado y que delata aquello que  nos arrastra, bueno o malo, sin remisión. Podemos hablar, reír, llorar… y aquellos que nos escuchan hablarán, reirán o llorarán con nosotros. De hecho somos capaces de mentir sin el más leve rubor, tratando de aparentar que la felicidad o la tristeza nos inunda en un momento dado; pero esa luz que llevamos en nuestro interior, parpadea alertando de nuestro estado emocional. Creo que algunos, muy pocos, son capaces de disimular estas circunstancias y pasar desapercibidos cuando alguna sombra acecha en su vida. Pero si nos fijamos bien, a estas personas, también la mirada les delata: son incapaces de mirar a los ojos de su interlocutor, por miedo a delatar los sentimientos que le embargan.IMG_20150706_094231 - copia

DE CAMINO AL MUNDO DE LOS SUEÑOS…

…cuando la luz esconde la visión de lo bellamente sublime, en que nuestra mirada disfrutó por la singular explosión de color en que cada día este mundo nos deleita, echados, con los ojos cerrados a la espera del tránsito reparador, reflexionamos sobre lo acontecido a lo largo del día y raramente dejamos de lado nuestro ego.
Lo primero que acude a nuestra mente es el éxito que acompañó nuestros actos y la satisfacción por el hecho acontecido en que nuestro protagonismo brilló con luz propia. Pocas veces reparamos en que, para que tal hecho fuera posible, otros dejaron por el camino las huellas de su derrota y la verdad sobre lo ocurrido, deja grabada en su piel la amargura de su existencia.
Son seres humanos que, como nosotros, despiertan al alba igual que nosotros y sus sueños de conquista, como los nuestros, esperan agazapados su oportunidad por verse realizados.
Actuemos con generosidad. La explosión de color permanecerá en nuestra mente cuando cerremos los ojos y recordemos que, alguien, anónimo o no, es feliz porque nosotros decidimos ser partícipes de sus sueños. Deseo pensar que, en el rostro sombrío de alguien y en un momento inesperado del día, apareció una sonrisa dulce y reparadora que le insufló felicidad siquiera por unos momentos.
Funciona; lo sé y quiero que la gente sonría a costa de mis torpezas y desvaríos. Esto me hace feliz. Mi ego me lo pide.

Allí…

 

    … te encontré. Estabas entre el color que inundaba de recuerdos tu mente y desde la distancia que domina el mundo de los sueños. Creo que me hablaste; pero mi ignorancia cegaba mi mente y los deseos, aquellos que nunca compartiste, obnubilaron mi memoria hasta el extremo de verme como un simple títere. Recorrí los caminos a la búsqueda de la razón que diera sentido a mi existencia y, por fin, encontré la mano inocente que mueve los hilos de mi demencia. Soy como una navaja pero, sin filo. Lo perdí cuando te hablé de mis deseos, y castigaste mi osadía secando la lengua que lamía tu nombre y apartando de tu camino la humanidad que me daba identidad. Nada soy por ti. Ahora es todo lascivia en mí.

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SAL DE MÍ…

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    Acaricio con delicadeza la sensación que cubre mi cuerpo con el acuciante deseo de encontrarte. Lentamente y con extrema dulzura, paseo mis manos por mi piel con la convicción de que te encuentras entre sus pliegues; pero, no estás ahí. Me abandono entre la humedad del líquido vital que me da la vida y me dejo arrastrar por la corriente entre los recovecos que conforman mi cuerpo mientras te llamo pero, no respondes. Deseo hablarte sin fingir que te entendí. Deseo llorar de rodillas frente a ti  y pedirte perdón por todo aquello que perdí cuando dejé de lado mi inocencia, ante la impaciencia por crecer y, así, poder mirar al mundo cara a cara e imponer mis razones de conquista; pero, no me quedan lágrimas. Dónde estás? Deja de torturarme con tu sinrazón y te prometo vivir conforme a mis creencias y no pensar en aquello que un día vislumbré y que hoy, definitivamente, he perdido. 

      Estás ahí y no puedo verte. Te siento como nunca te sentí, pero me veo indefenso ante la fortaleza que emana tu invisibilidad. Por todos aquellos que aún esperan algo de mí. Por todo el respeto que siempre les ofrecí,  dame la libertad. Sal de mí… tristeza.

Un día cualquiera…

    …y me dirigí allá donde los sueños  irrumpen con estruendo entre las rocas que protegen nuestro corazón, y el oleaje que define nuestro ímpetu enaltece el sentido de lo humanamente correcto. Pero, como siempre, nada hallé. Miento: unas pequeñas migajas esparcidas entre las brumas de la ignorancia y como no, ahí si pude discernir entre el desengaño que produce el paso de los días en nuestros recuerdos, y el desencanto en que nos sumimos cuando creemos que, los sueños quedan atrás y el presente ejerce su presión en nuestra mente hasta que elimina lo diametralmente opuesto a la sabiduría. Una vez más me equivoqué y, otra vez más, la frustración hace mella en mí. Pero después, como siempre, me siento a gusto conmigo mismo al comprobar lo bien que me llevo con ella: mi ignorancia.Rocas en la playa 46x55

Una simple nube…

Alcanzaron una nube las notas de mi canción.
Satisfecho me encontraba. Mientras, oía vibrar cada uno de los destellos de luz que, al paso del sol por las nubes, reverberaban en la inmensidad del espacio circundante.
Allí, a su alrededor, se congregaron todas las almas que antaño conocí y disertaron sobre lo oportuno del momento en que sonaba. Me irrité; porque tal hecho, desvirtuaba cada uno de los pensamientos que circularon por mi mente en el momento que la compuse.
Necio de mí: no supe comprender lo que ocurría hasta que, horas después, descendieron las notas hasta mi rostro, en forma de lluvia negra e inmisericorde.IMG_2511

Nada más que nada

Nada más que nada
No recuerdo el instante en que te dije sí. Escarbo entre las brumas que envuelven la situación en que se produjo, pero me veo incapaz de situarme en el momento preciso. De lo que sí estoy convencido es, de que fue una situación extrema de la que no pude escapar y por el anhelo en que vivía ese instante, me dejé llevar por los impulsos lascivos de mi inconsciencia y, ahora, en este preciso instante, deseas que pague por aquello que tu defines como un acto generoso; ahí radica la inconsciencia de ese acto y también, de ser cierto, del mío. No existe la generosidad cuando disfrazas tus palabras con la miel que embelesó mis sentidos para, a continuación, pedir lo que mi conciencia es incapaz de ofrecerte. Repito: no recuerdo el instante en que el sí, apareció en mis labios y me comprometió con algo, para mí, tan obsceno. Lo siento; no estoy dispuesto a pagar precio tan alto por algo que ni tan siquiera mi recuerdo, es capaz de ubicar. No me importan tus lágrimas ni tampoco tus amenazas. Esa promesa, para mí, no existe. Tú me diste, yo te di, y estamos en paz.

No recuerdo su nombre

Un día apareció por la panadería. Era alto, delgado pero fibroso, y el paso de los años castigó con  severidad su columna vertebral: andaba encorvado.

Descargaba parte de su cuerpo sobre un cayado, sujeto por su mano derecha, que siempre le acompañaba allá donde quiera que fuese. Sus pasos eran alargados, acelerados: marciales. Con su mano izquierda, aferraba con fuerza una bolsa de plástico duro, con rayas azules, donde introducía lo que compraba para su sustento o aquello que “encontraba” en la huerta por los alrededores del pueblo, donde solía pasear casi a diario.

En invierno, solía vestir una gabardina azul con pantalones de pana color beige. Una camisa blanca a rayas, parecía siempre la misma, se dejaba ver por la parte superior del cuello de un grueso jersey de lana que, cada cierto tiempo, demasiado diría yo por el tufillo que despedía, solía cambiar por otro, de muy similares características. Remataba su indumentaria una gorra también de plástico forrada de lana en su interior, con orejeras, que colgaban sobre ambas partes de su cara, disimulando sus enormes orejas que lucían al compás de una gran nariz y unos labios también grandes y carnosos. Dos pronunciadas bolsas enmarcaban sus ojos por la parte inferior y de la parte superior, sobresalían unas cejas enormes cuajadas de desordenados  pelos largos y oscuros. Sus ojos, más bien menudos y de un azul claro con una apenas perceptible pigmentación verdosa, desde el primer momento, llamaron mi atención. Si: cuando me miraba fijamente me sentía incómodo; la fijeza y profundidad en que lo hacía, aparecía muchas veces cargada de despotismo, desprecio, lascivia…; era como si atravesara mis pupilas adolescentes y se incrustara en lo más profundo de mis pensamientos. Cuando esto ocurría, procuraba entornar los ojos para que mis pestañas ejercieran de muralla e impidieran su paso a mi interior.

Normalmente, solía comprar el pan por la mañana; pero una tarde, ya anocheciendo, pasaba por allí y decidió hacernos una visita, según nos comentó.  Se acomodó en una silla junto a las brasas que el tío Vicente solía sacar a diario del horno, y  que depositaba en una de las latas planas y rectangulares con las que cocíamos dulces, ya muy deteriorada por el fuego.

Por las historias que nos contó, inferimos que era polaco y que, por circunstancias, se vio obligado a salir de su país dejando allí a su hijo que era ingeniero, no recuerdo de que especialidad.

Venezuela, Argentina, Paraguay…son algunos de los países que supuestamente visitó, y numerosas fueron las aventuras y anécdotas  que nos contó le habían ocurrido durante ese periplo. Unas creíbles; otras no tanto. De todos modos, me gustaba escucharle y mi imaginación volaba entre las cumbres que escalaba y las carretas en que se desplazaba a lo largo y ancho de esas lejanas tierras.

Cierto día  pidió a mi padre que le prestara un sedal para poder pescar. Llegamos a la conclusión de que la economía de la que disponía era bastante limitada y la pesca, de producirse, aliviaría esa necesidad.

Meses después salí del pueblo por un tiempo y a mi vuelta, pregunté por él a mis padres: había muerto un par de meses atrás. Un día salió a pescar y no volvió. Un vecino, extrañado por su desaparición, denunció el hecho a la Guardia Civil y comenzó su búsqueda. Lo encontraron varado en el agua rio abajo, entre las cañas, a unos dos kilómetros del lugar en que solía establecerse para pescar: pereció ahogado.

A mi memoria acude de tarde en tarde la presencia de este hombre en mi vida. Siempre me pregunté el porqué de su huída a otras latitudes y con el tiempo, ya él desaparecido, he sido capaz de penetrar en la intimidad de sus recuerdos, con los ojos entornados, y lo que vi me dejó paralizado por el terror. A través de sus ojos, he sido testigo de uno de los hechos más horrorosos y deleznables de la historia de la humanidad: trenes cargados de inocentes que se apiñan miserablemente entre las paredes de cajas rectangulares y, en su última parada, vacía la carga en el interior de las alambradas de unas mentes ruines y asesinas, que pretenden cambiar el mundo a partir de la supremacía de su raza y la verdad de sus razonamientos.  Pero lo que más me horroriza de esta escena es que yo me encuentro allí y observo desafiante la descarga de esta “escoria” en mis  dominios.

Por cierto: no recuerdo cual nos dijo que era su nombre.

Un camino a seguir; un sueño que cumplir.

Un camino a seguir; un sueño que cumplir.

Nunca emprendí un camino que a la postre se me hiciera aburridamente pesado y, debido a tal hecho, deshacer lo andado para reiniciar la búsqueda por un nuevo derrotero, en la consecución de la meta predeterminada. A lo largo del camino, cualquier camino, siempre hay un motivo para recordar. Tal vez ese sea el motivo por el cual siempre seguí la senda escogida y nunca vi la necesidad de volver sobre mis pasos: la curiosidad por saber lo que me depara el final del recorrido es vital. Andando por esos periplos, siempre me resulta gratificante sentarme en los márgenes del camino, descansar y reflexionar; permanecer a la espera con todos los sentidos alerta y nutrirme del espacio circundante, unas veces nuevo, otras conocido, pero siempre gratificante. Cerrando los ojos,  dirijo la mirada hacia mi interior: mi mente despliega infinidad de matices y me  mimetizo con el entorno; esta premisa es fundamental en mi vida y, a partir de ese momento, los sueños hacen su aparición. Pienso en el respeto que me merece todo lo que me rodea y de este modo la felicidad, búsqueda primigenia de la naturaleza humana, hace mella en mí.

Milagrosamente, o no, los años dejaron aletargados en nuestra memoria infinidad de recuerdos; así, de improviso, se hacen presentes en  nuestra vida y, la mayoría de las veces, nos preguntamos qué habría ocurrido si… Recuerdos. Buenos, menos buenos; malos, menos malos; todos están ahí, escondidos en un rincón de nuestra memoria. Niñez, adolescencia, pubertad, madurez. Establezco un proceso selectivo. En cualquiera de los estadios nada es imposible; los sueños  aparecen. Años después, están ahí agazapados a la espera de ser recordados y…no me siento defraudado. Que son los recuerdos? Pienso. Pequeñas volutas luminosas que salen de nuestra memoria y nos inducen a reflexionar sobre el triunfo o  el fracaso en que se convirtió nuestra vida? Recios espantapájaros que deambulan en un momento determinado por nuestro cerebro, para interferir en nuestra vida y joder lo que considerábamos nuestra ejemplar y longeva existencia? Qué más da. Es otoño y… ya todo da igual. Interesadamente, cuando nuestra vida llega a esta estación, la memoria establece ese proceso que nos obliga a pensar que procedimos cual sentíamos y acotamos arbitrariamente los parámetros que nos llevan a pensar que un sueño determinado se cumplió. Haciendo honor a la verdad, nuestra mente es capaz de tergiversar la situación y enfocarla, después de los años, de forma distinta; en realidad, cuando reaparece, lo moldeamos; el hecho en cuestión se reconvierte libre del pecado de desidia y lo  valida  para que la negligencia en el momento de cumplirse, no haya sido baladí. Parafraseando a Calderón de la Barca, “los sueños, sueños son”; pero, es así como debemos plantearlos?; así de simple?. Tal y como los tiempos corren,  nos vemos obligados a sobrellevar la dramática carga en que se ha convertido nuestra existencia y los sueños, sin olvidar de que sueños son, deben estar presentes más que nunca en nuestras vidas. Satisfechos o no, quedan a nuestra merced y podemos hacer de ellos aquello para lo que en un principio fueron creados; o no?. De todos modos, los sueños, aligeran nuestra carga emocional en un momento determinado y sobrellevamos con más calma los momentos más duros de nuestra existencia. Me pregunto: qué son los sueños?: una simbiosis extraña y manipulable a partir de nuestros deseos que, lamentablemente, en su encuentro con todo aquello que nos rodea, suelen quedar aletargados en nuestra memoria? Concluyendo: todo sueño se cumple a partir de un propósito, aunque “los sueños, ahí es nada, sueños son”.