Tiempo de silencio

 

img_4129-copia-copia-copiaAsí,

mi voz,

enmudece ante la desidia establecida,

por doquier,

en el mundo.

Siente el deseo de perpetuar su sonido,

en el olvido.

En mi pecho un grito y ante el dolor,

entre sus estancias,

parpadea la tristeza deseosa por escapar,

al sonido de su lamento y perpetuar,

tan solo por una vez,

la vergüenza que empaña sus lágrimas.

Es tiempo de silencio,

aunque,

tal vez,

existen infinitas razones para gritar.

Sueño: siempre sueño.

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Mi andar me delata. Deambulo día tras día en la consecución de mis sueños, porque nunca me rendí.

Pensé en conjugar la pureza de mis deseos con la esencia de mis fracasos, pero no vi la diferencia.

En principio, la ilusión me llevó viajando entre las nubes hasta que el viento, alteró mis planes y me abofeteó inmisericorde: caí cual Ícaro manchado de cal y arena. Pero lavé y curé mis heridas

Poco más tarde, de nuevo mis alas surcaron el viento pero, eso sí, con calma y sosiego, esperanzado en mantener el rumbo escogido. No supe parar a tiempo y… de nuevo caí. Esta vez, creí adivinar, fue el color de mi sueño que, a pesar de que la distancia hasta él era corta, me equivoqué, saturado en exceso, y alteré la química de su composición. Creí que nunca me recuperaría.

Otra vez escondí mis vergüenzas ante aquellos que adivinaron mi fracaso, y anduve con la incertidumbre del desarraigo, escondido entre la maleza de mis desvaríos.

Pasaron los años y hoy, ahora, siempre, deseo soñar.

El viento es mi aliado y purifica mis alas cuando mi mente flaquea ante la adversidad. La lluvia, limpia mi cuerpo cuando la maldad hace mella en él y el rayo, cauteriza mis heridas.

Día a día, mi conciencia me dice que debo partir, nuevamente, al encuentro de uno más de mis sueños, romper la monotonía de un instante y convertir en eterno aquello que otros, consideran efímero.

Al calor de los días

Nunca te vi reír. Cada día, cuando aparecías por allí, con andar cansino, te limitabas a sentarte a mi lado y me ofrecías un cigarrillo de un paquete de tabaco que, intuí, estaba vacío. Nunca hice mención de cogerlo. Te daba las gracias y, a continuación, te ofrecía mi paquete. Cogías uno y esperabas, tranquilamente, con él colgando de tu labio inferior, a que sacara mi mechero y te ofreciera encenderlo. Así, con calma, como cada día, comenzabas tu alegato de supervivencia parafraseando situaciones de las que yo era sabedor, mucho antes de que te encontrara. Nunca te contradecía. Permanecía en silencio y, a veces, asentía ante los razonamientos que, con pasión, defendías.

Nunca me hablaste de ti. Pero tu vestimenta, la barba crecida y desaliñada que lucías, y el calzado desgastado que cubría tus pies, me daban a entender de las carencias existentes en tu vida. Poco después, un “hasta luego”. Había transcurrido casi media hora. Pero me daba igual. Sabías de antemano que no nos encontramos por casualidad y siempre estuve a la hora pertinente, en el mismo lugar.

Ese día, algo me dijo que no eras el de todos los días. No me dirigiste una sola palabra. Un movimiento de cabeza como saludo y un cigarrillo, que no cogiste, cuando te ofrecí, como siempre, el paquete. Allí sentado, tu mirada permanecía perdida y en tu semblante adiviné la ausencia, el dolor, la tristeza, que embargaba cada rincón de tu alma. El silencio era la nota dominante del encuentro y te miré de soslayo, con extrañeza, tratando de adivinar que oscuro pensamiento atenazaba tu mente. No obtuve respuesta a mi requerimiento. Algo corroía tus entrañas, porque la tristeza dominaba tu semblante. Pasados unos minutos, observé como este cambiaba. Me miraste, te miré, directamente a los ojos -nunca antes lo habíamos hecho-  y una luz y una serenidad, que jamás observé en mirada alguna me dijo, que habías tomado una determinación.

-Sabes…- me dijiste- nunca te hablé de mí; pero sé que sabes quién soy. Los demás me ignoran o me desprecian. Solo tú, me trataste, durante este tiempo, como lo que soy: una persona humana. Agradezco infinito tu amistad.

Me obsequiaste con una cálida sonrisa y marchaste, con dignidad y altivez, a la búsqueda de tu destino. Nunca más supe de ti.img_20150419_091116-copia

 

 

 

El silencio…

img_3949-copia…empaña mi voz,

y se pierde entre las sombras,

más allá de los recuerdos.

Sujeta las argollas

que retienen la nostalgia

del pasado.

Ufano,

pasea presuntuoso

por la rosaleda,

en un vano intento

por fundir,

entre las flores,

todo amago de rebeldía.

Pero,

frente a los espectros enraizados,

sujetos al recuerdo,

donde los deseos perduran,

allí,

en el mundo,

prevalece tu presencia,

con rabia contenida,

porque reprimen cada uno de los gritos

de dolor,

y silencian mi presencia.

Un pedacito de luna

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El sol, como cada amanecer, apenas irradia pequeños destellos a través de la bruma, cargada de suciedad, que impide gozar de él con plenitud. Hace frío.

Poco a poco despiertan de su inquieto sueño. Mecánicamente, se desperezan y tratan de calentar sus entumecidos miembros, aletargados por el frío de la noche.

Vislumbran algo extraño a unos metros de donde ellos se encuentran. Nadie sabe que es y cómo llegó hasta allí.

-¿Es comida? – Preguntan unos con desesperación.

-¡Es una trampa!- Gritan otros

-¡Es un pedacito de luna! ¡Yo lo vi caer noche!- Afirma alguien.

Solo uno de ellos se separa del grupo y se acerca lentamente. Escudriña, con mirada temerosa, aquello que acontece a ras del suelo.

Se agacha y  lo observa con ojos curiosos. Coge su varita -dicen todos que es mágica- y, con ella, la toca con temor. A continuación, se levanta espantado. Retrocede de espaldas, sin perder de vista aquel ente  extraño, al encuentro de los demás.

-¡Es obra del maligno!¡ Debemos seguir con urgencia nuestro camino, antes de que esa cosa penetre en nuestras vidas y nos lleve a la perdición!

Así, continuaron su peregrinación. Miradas furtivas, mientras se alejan con premura… Sienten temor ante aquello que les es desconocido…

La flor, blanca como la nieve, quedó instalada en la tierra, anclada en sus raíces, y las consecuencias, con el tiempo, se hicieron  patentes en la cañada.

¡Lo sé mi amor!

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…¡Me lo habéis advertido una y mil veces!¡Mi padre, mi madre, tú…! Pero necesito verme realizada como mujer y sentir la plenitud de concebir una nueva vida en mis entrañas. Para ti; para mí. Observar día a día como mis pechos sienten la imperiosa necesidad de fabricar el néctar milagroso y adquieren la capacidad necesaria para alimentar el retoño, que dará un nuevo sentido a nuestras vidas. Las posibilidades de que se produzca el “milagro” son escasas mi amor; lo sé. Pero existen. Nada va a ocurrir: estoy segura mi amor. No temo a las consecuencias que dicho acto me pueda acarrear. ¡También los médicos se pueden equivocar! Pero necesito saber que, tú, me apoyas en esta decisión. Veras como, los dos, unidos, somos capaces de llevar a término este deseo y ver nacer, criar, a ese retoño que, en mis sueños, veo crecer feliz en nuestras vidas. No temas por mí, amor…

Se sentó en el sillón instalado en un rincón de la habitación. Sí: se siente feliz, satisfecho. Desde allí, contempla como ella, su mujer, habla con ternura a su hijo. Mientras, una fuente inagotable  de vida surge a borbotones de sus senos, inundando la diminuta boca. Un pequeño hilo de leche se desliza perezosamente por la comisura de los labios del bebé y, él, ríe con satisfacción, también ella.

Poco después, instala con inmenso cariño a su hijo en la cuna y su mirada le dice, que la acompañe en el lecho y la abrace con la dulzura que, solo él, es capaz de imprimir a su vida.

Así, como cada noche y en silencio, quedan abrazados. Solo la respiración acompasada, sosegada, satisfecha por el  hecho, le da a entender que la felicidad está instalada en sus vidas y que las negras nubes que empañaron su caminar, tiempo atrás, quedaron lejos, en un lugar donde, la memoria -él no es consciente- le mantiene aletargado, lejos de la realidad.

Se levanta al clarear el día. Se dirige a la cocina y se sirve un vaso de leche, desnatada, que calienta en el microondas, y lo endulza con una generosa cucharada de miel.

Vuelve a la habitación. Contempla la cama y la cuna. Arropa con inmenso cariño a su mujer que, como cada noche, se levantó para darle de pecho al crio. Los dos duermen profundamente.

Poco después, cierra con cuidado la puerta, para no despertarlos, y se dirige al encuentro  con la realidad; lejos del espacio que un día alimentó sus deseos. Es en ese preciso instante, al pisar el asfalto, cuando una lágrima se desliza tristemente por su mejilla y, como cada día, le aleja del mundo de los sueños. Con ellos, en su nido de amor, queda el crudo recuerdo. Las consecuencias de un deseo frustrado, las sufrirá el resto de sus días. Allí, entre cuatro paredes, quedan una cama y una cuna vacías.

¡¡¡No: en soledad no!!!

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¡Qué más da! Cada mirada es un recuerdo que se instala en nuestra mente y aparece por capricho cuando menos te lo esperas. Estoy cansado de mirar. Ver. Fingir que algo me importa cuando, en realidad, me ahoga el hecho de recordar infinidad de imágenes que nada aportaron a mi vida.

¡¿Mi vida?: ¡¡Vaya mierda!! ¡A nadie le importa lo que un día sentí! ¡Aquello que un día ofrecí! ¡ El despertar que cada día sufrí…!

¡Gente, gente, gente…! ¡¡¡Así os pudráis todos en el maldito infierno!!!

¿Qué quiere este cabrón?¿Un cigarro…? ¡¡¡Toma mi puta colilla imbécil!! ¿Qué me muera…? Sera hijo de…¡¡Que me muera?!! ¡¡¿Porque me dices eso cabrón?!! ¡¡¡Vuelve aquí maldito seas! ¡¡¡No huyas!!! ¡¡¡Dime porqué…!!!

¡Que me muera…! ¿Que sabrá este de mi vida para desear mi muerte?¿De aquello que llena de gozo mis esperanzas y.. convierte mi melancolía en desesperación y…?

Siento deseos de llorar. Necesito llorar…para…

No comprendo porqué desea de esa forma tan miserable mi muerte. Porque…ahora no puedo morirme. ¡Así, en soledad, no!

Soledad sí: ese vacío inmenso que corroe mis entrañas y ríe con desprecio mis andanzas. Pero…madre… es así como te sentiste el día que te fuiste? ¿Madre… padre? En verdad deseabais mi presencia como yo deseo la vuestra, ahora que voy a morir?

Pero…qué estoy diciendo? ¡¡Me voy a volver loco!!

¡Me encuentro mal! No sé qué me ocurre. Me encuentro fatal y… Pero, como coño puede ser? ¡Yo soy yo y… ése que se encuentra tirado en el suelo, rodeado de gente que lo contempla, no puede ser yo!

¡¡¡Joder!!! ¡Ahí está el miserable que deseó mi muerte y…está fumando un cigarrillo, mientras contempla con sorna a ese que, en teoría soy yo, pero que no soy yo porque, yo, estoy aquí! ¡Se va a enterar el muy capullo de las consecuencias de haber deseado mi muerte!

-¡¡¡Eh tú!!! ¡¡¡Eh maldito pordiosero: porqué has deseado mi muerte?!!!¡¡¡No me oyes?!!!

Nada: como si no existiera y… ¡¡¡Será cabrón: acaba de arrojar lo que queda de su cigarrillo sobre mí, y se larga con el andar chulesco de un puto macarra…!!!Pero, que digo?¿ sobre mí? Me estoy volviendo loco o…

-Nos vamos?

– Pero… ¿Quién coño eres tú? Ni siquiera sé quién eres y…,

¡¡¡No me lo puedo creer!!! Me desplazo tranquilamente hacia donde él se dirige y…me encuentro bien… Es, como si todo aquello que me angustiaba, quedara en un espacio indeterminado, ausente de mí, con… ese que está tirado en el suelo que parezco yo, pero que no lo es…

¡Mierda! Ahora lo comprendo: me he muerto y… este, me acompaña a… ¿dónde?.

¡Qué más da! Al menos me queda el consuelo de poder gritar alto y claro, para que todos me oigan, que… ¡¡¡He muerto rodeado de…un montón de gente!!!

 

A través del viento

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El viento susurra,

mil voces,

pronto al destierro

de la feroz sequia

en que la luz,

atrae las ánimas

sedientas,

enquistadas,

en su ramaje de estío

junto al fuego,

por el dolor

en la desdicha,

humillada la floresta,

por la carencia de humildad,

ante la desgracia

ya consumida.

¡Farsante!

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Eres todo aquello que, humanamente, nunca esperé encontrar en un solo hombre.

Eres la ignominia que, agazapada, espera entre la inmundicia que cubre tus mentiras infames. Así tu cínica sonrisa y tu sibilante voz, matiza tus mentiras para desgracia del incauto que, esperanzado, te escucha.

Eres, la simiente del odio que conmina a defender las excelencias de un sistema ruin y caduco, mientras ensamblas las cadenas que coartan la libertad, y tu mundo, rebosa de riqueza.

Eres, junto a los incautos que, con malicia, aceptan como válidas tus promesas y así, tu generosidad llene sus bolsillos, la desgracia del bien común.

Eres todo pecado. Instalas tus manos corruptas entre los pliegues de la memoria de aquellos que sufren por la maldad de tus actos, tratando de amortiguar su impacto e instalarte alevosamente entre sus miedos.

Eres la peste de los afligidos.

Eres el don del miserable carente de escrúpulos.

Eres el plagio de la libertad raída por el odio hacia aquel que, en su pensamiento, se aleja de aquello que, para ti, debe ser el credo universal que nos lleve al encuentro de un mundo más justo: tu ego.