Sobrevivír?

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La voz se convierte en luz cuando,

 un ser,

inocente,

clama su deseo por vivir y el sonido,

late entre los recovecos del vacío existencial.

Este,

se aferra al espacio que le circunda,

y anclado en la luz ,

la distancia,

a veces insalvable,

aísla el sufrimiento del dolor y reverbera entre la tierra,

en forma de simiente esperanzadora,

que busca alimentar el ego,

viciado,

de una conducta.

Es en ese momento cuando,

él,

se aferra a la vida y,

el anhelo,

frente a un lamento,

acecha agazapado entre los pliegues de la mente.

Ante esa tesitura,

cuando la desesperación hace presencia en la vida del incauto,

la injusticia se ceba en él.

Es indigno.

Es cruel.

Es inhumano.

Fría como…

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Su vida, arde como el sol. O eso me contaron. Pero oculta tras sus pestañas una mirada fría, como sus entrañas. ¡Cuántas veces, después de recorrer el camino, supe de ella sin tan siquiera conocerla! Es de esas cosas que, sin querer, se adhieren a tu memoria y te obligan a rastrear tus recuerdos sin saber, a ciencia cierta, en qué momento se produjo y porqué se produjo. Pero ahí está. Solo sé que, por curiosidad, quise conocerla.

Un día la encontré como… por casualidad. Poco después salimos a diario. Mientras, las risas y confidencias se alternaban en nuestros encuentros y el deseo, por nuestros cuerpos, permanecía ausente de nuestras prioridades.  Así que…no sé; pienso que, inconscientemente, la buscaba. Un día, de improviso, llegué a su casa. La puerta estaba abierta y entré, sin decir nada, extrañado por la situación. Hacía el amor, con un hombre, en su cama. Entonces ocurrió el hecho fatídico que, desde entonces, me acompaña: mi corazón es un tímpano de hielo que vaga a la deriva por el océano de mis fracasos, a la espera de que, la luz, de calor a mis sentidos.

La textura de tu piel

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    Inicio mi caminar y la mañana me obsequia con un cielo azul decorado por cansinas nubes blancas, semejantes a pequeños copos de algodón. Un sinfín de matices me rodean  y paseo mi mirada, con curiosidad, a la búsqueda de la luz. El nuevo día nunca me decepcionó. Inunda mis ojos de color y me conmina a entornárlos. En mi interior, trato de guardar cada una de las sensaciones que me cautivan y allá, en el infinito, percibo la esencia de lo sublime que me acecha con benevolencia. Retengo la imagen. Abro los ojos y… el milagro se produjo. Allí donde el matiz pugnaba por encontrar su identidad, lo descubro, ahora, rodeado de un sinfín de puntos luminosos que enriquecen mis sentidos y confluyen milagrosamente en un saturado espacio común. Cierro los ojos. Pero, aun no me encuentro satisfecho. Un pequeño desajuste y mi mente se sorprende de que tal hecho se produzca. Apoyo mi mano en el tronco del olivo centenario que me cobija. De inmediato, mi mano, mudo testigo de mis encuentros contigo, acaricia su tronco sensualmente tratando de saber del poder que le da identidad y memorizar su estructura para ser usada en un momento dado. Es en ese momento cuando percibo la acuciante necesidad de recorrer pausadamente sus ramas, sus hojas, el fruto que, día a día, crecerá con fuerza hasta eclosionar, en un dulce suspiro, y embelesar mi paladar con su néctar. Pero necesito saber más de mi encuentro para con aquello que me rodea y, esta vez, mis dos manos, ávidas de deseo por retener hasta el último detalle, recorre con premura todo lo susceptible de ser recordado para, finalmente, dejarme llevar por el benevolente arrullo del agua. Así, milagrosamente, el acto se consume y mi mente lo guarda para sí: transmitirá a través del pincel y el lienzo su secreto, para el gozo y disfrute de los sentidos. Hoy, se algo más de ti. Un día más, disfrutaré de la textura de tu piel y mi impresión, te la ofrezco en agradecimiento por tu generosidad para conmigo. Luz, color, textura: una vez más, gracias vida.

Corazón de luz, corazón negro

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    “Si el tiempo fue capaz de guardar corazón tan fuerte entre sus ramas, es, porque la luz que lo iluminó a lo largo de su vida, encontró el calor y la voluntad necesarias para sortear los innumerables avatares que la vida le ofreció”

    Pobre y necio en su ignorancia, él, se vio identificado con las palabras que, aquel ser, pronunció.

     Más tarde, cuando el sol dio un respiro a sus almas, y el bosque llenó de voces su don, con avaricia, lo arrancó del lugar que tan donosamente ocupó, a lo largo de los años, y lo instaló en su pecho.

    Poco duró la osadía de su empeño. Marchito, cayó a pedazos del nuevo lugar que ocupaba, y las hojas y ramas, fenecieron por la pobreza de la luz que iluminaba su nueva estancia.

Allí lo veras si tu deseo es encontrarlo.

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Y llegó el día en que

se supo la verdad.

Su pecado,

escondido allí:

en un rincón de su alma.

El que quiso ser,

lamió las vergüenzas del poderoso

e hincó la rodilla

a sus pies.

Tratando con disimulo la lucha,

esperó el momento en que, aquél,

el que siempre le protegió,

agradecería su osadía

y le haría partícipe

de su buenaventura.

Pero, contempló, con estupor,

como la sangre

que corría por sus venas,

era negra;

 y en su corazón,

cobijo de su impostura,

reinaba la oscuridad

por las fechorías acumuladas.

Con satisfacción,

ocupó su lugar en el mundo

entre los despojos de los miserables.

Cuentan que,

allí quedó atrapado y, en su faz,

se vislumbra  el máximo deseo

de sus vivencias:

es el lugar,

que siempre deseó para sí.

Tu luz

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     Paseo mi mirada ávida de encuentros con tu luz y nunca me decepcionas. Unas veces, los rayos luminosos inciden tímidamente entre los cañaverales y me detengo, plácidamente ,intentando acariciar con  mi retina, cada segundo del avance temporal en que se convierte el evento. Otras, una leve brisa avanza desde levante río arriba y, mi piel, adquiere ese despliegue arbolado en que se convierte mi cuerpo cuando, inesperadamente, recibe una caricia y deseo que permanezca eternamente pegada a mí. Hoy, no tengo prisa; nunca tengo prisa cuando me paseo por tus estancias, a la espera de que, tu luz, una vez más, desvele ante mis ojos un ápice de tu grandeza.  Súbitamente, me siento incapaz de describir con palabras aquello que me ofreces: sentado entre los pliegues de tu piel, dibujo, con mis manos, sobre el viento  la imagen perecedera que mis ojos desvelan y  deseo inmortalizarla. Con calma, me arrullo entre tus brazos. Cierro los ojos y, mi espíritu, se eleva en el firmamento porque deseo encontrar el calor de tu aliento instalado en mis entrañas. Así, un remanso de paz invade mi cuerpo  y, mi mente, se inunda de color con el febril deseo de hacerte mía por siempre.

 

LA SIMIENTE DEL MAL

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 Cayó junto al fuego

y creyó que el calor del sol

la arropaba.

Bebió lluvia ácida

y sació su sed acuciante.

Creció entre espinas

siempre por ellas protegida.

Divisó un cometa

y pidió satisfacer un deseo.

Circuló por el mundo

e inundó la tierra de sal.

Pasó junto a mí,

e hirió mi frágil pensamiento.

 

…y, un beso

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Un paisaje en que encontrar

aquello que un día perdimos.

Un lugar en que guardar

los recuerdos que todo lo son.

Una casa en que vivir

los momentos más sinceros.

Una mesa en que sentar

un cariño y compartir.

Una cama en que dormir

 intensamente un sueño.

Dos vidas para vivir

el color de la luz y, un beso.

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Accedo al interior de tu mirada,

y veo el sol ardiente que, sin piedad,

golpea mis sentidos, y me conmina a pensar que,

 tú, deseas mi dolor y, así, laceras

mi luz absorbiendo mi vida.

 Solo me queda esperar

el momento oportuno en que, tú,

decidas transigir en tu empeño para,

a continuación, permanecer en ti, dar vida

 con mis palabras a tu silencio y apagar tu fuego,

 con mis lágrimas.

El grito

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Destellos de luz ausentes,

por la distancia,

en que los sentidos,

alterados por el grito inminente,

reclaman dignidad entre los vivos,

al saber de la angustia, vil, y lo consiente.

Pasa el tiempo y, no existe tal voz.

La máscara que hiere altera

el hecho impenitente.

Herida la nostalgia, por el recuerdo,

y el dolor por el que una voz se alzó.

 Perdida, llorosa, dócil cual simiente,

regada por la mano sangrante

en mis delirios, en mi dolor,

perdida entre la gente.